sábado, 1 de octubre de 2016

"El día teme perder su claridad", por Ausiàs March (versión libre)


 




El día teme   perder su claridad
cuando la noche  esparce sus tinieblas
Las alimañas  no pueden pegar ojo
y los enfermos  se giñan de dolor

Los delincuentes  quieren que nunca acabe
pues sus delitos   pasan inadvertidos
Y yo que vivo  mucho peor que ellos
siendo un buenazo  quiero que acabe pronto

Por otra parte  es peor que si matara
mil bebés juntos  sin muestras de piedad
Y mis estudios  de bien poco me valen
Que no penséis  que el día me da tregua

Porque de noche  le doy al coco mazo
para en el día  causarme mayor pena
Miedo a morir  o acabar en el trullo
no duelen prenda  me boicoteo solo

My nerdy girl  desgasto las neuronas
buscando el modo  de atarte a mi cama
Un no parar  me doy muy mala vida
Será mi fin  si tú no lo remedias



- versión libre y actualizada del Canto XLVIII del caballero valenciano Ausiàs March (1400-1459)
- por Tive Martínez, 2016 
 

martes, 5 de julio de 2016

GRETEL Y LA BRUJA, de Kate Durbin



Dos polluelos comunes,
Expulsados del nido por el pico hambriento de sus progenitores,

De pie en un jardín sin frutos,
Un cacho de pan rancio en medio.

¿A dónde vamos? pregunta el niño.
¿Cómo voy a saberlo? dice la niña. ¿Acaso estamos en un centro comercial?

Los dos, por descontado, conocen el camino —
Se sale por donde se entra, sin derecho de regreso al triste cascarón.

Mientras las negras ramas crujen y suspiran,
El niño manosea el pan.  Lo aprieta contra su gusanito travieso.

¿Tienes hambre? dice lloroso.
Dámelo, dice la niña, que atrapa la rebanada

Y arroja migajas como cebo a su espalda.
Pero cuando su estómago comienza a maullar

Como los gatos oscuros encaramados a los árboles,
La niña mira el reseco pastel con ojos seductores.

Entonces es que los dos se dan de morros con la morada de los sueños.
¡La casita de caramelo! ¡Chuchelandia! ¿Será posible?

Humo color rosa rezuma por la chimenea de menta;
Miel desbordada inunda la brisa.

Entonces, si sus cerebritos funcionaran lo suficiente como para anticiparse,
Ellos se preguntarían:

¿Qué bebés y abejas atrae este lugar?
Pero el hambre hunde cualquier investigación literaria.

Mirad cómo salen disparados el niño y la niña, lengua por delante y ciegos,
Hacia esa dulce superfície.

Mirad cómo la bruja observa detrás de la ventana,
Dando golpecitos a sus dientes con la uña.

La niña, con la boca pringosa y hasta arriba
de calorías vacías,

Lanza una mirada azucarada y depredadora hacia el trasero de su hermanito,
Que está volcado sobre la valla de pan de gengibre.

Media hora más tarde, cuando la bruja sale a la pegajosa luz del sol,
Lenguas de llamas lamiendo sus entrañas,

Se queda pasmada ante la cara y los bracitos bien horneados de la niña
Sobre el césped cristalizado: profundo sueño de satisfacción.

¿Y quién es ese pequeño esqueleto a su lado, también dormido,
mientras abejas chupan amorosamente los últimos jugos de su calavera?



 -- “Gretel and the Witch” es un poema de Kate Durbin, incluído en The Ravenous Audience (Black Goat/Akashik Books)

-- traducción de Tive Martínez, 2016 

martes, 17 de mayo de 2016

PASEO DE CAPERUCITA, por Kate Durbin


Hedor de primavera, el mundo jadea con lascivia.
Madre olfatea el sexo desde la ventana de la cocina.

Leñadores desnudando árboles,
Amas de casa montando sementales.

No es un mundo para niñas pequeñas, dice,
Dándose la vuelta y sonriendo

Sin dientes
(No estamos seguros de que Madre los tenga)

Caperucita de grandes ojos y labios temblorosos,
Con tu chal de piel de zorra que cosió la Abuelita.

¿Cuándo contarás a Madre
Que la primavera se contonea camino de casa?

Bultosdecarne brotan de tus clavículas;
Un bosque furtivo se desliza entre tus agujeros ocultos.

Rezando ante las llamas,
Pides al fuego del hogar que chamusque tu nuevo pelaje,

Mitiga la peste de sangre vívida.
Hay quien hace sus oraciones con el culo.

En el violeta que precede al alba
Despiertas con manchas en las sábanas.

Rostros de vampiro en la ventana de tu cuarto
Azuzándote con amistosos colmillos.

Estabas asustada.
No estabas precisamente arrepentida.

Madre te ordena adentrarte en los árboles,
Para entregar huevos y leche a la Abuelita,

Que está tan vieja que no sirve para localizar
Hendiduras de gallina, ni apretar tetas de vaca.

¿Seguirás el camino o te desviarás?
Claro que te desviarás, eres una perdida

Encuentra a tu lobopríncipe,
Tópate con sus dientes desnudos.

Cuando lo hagas, no lo entregues
Todo de vez, solo despierta su apetito.

(¿Fuiste instruída en esto,
o lo aprendiste por instinto?)

¿Pero qué es esto?
En la puerta de casa de la Abuelita,

Falsa timidez, sonrisa de manual,
Extiendes tu dedo corazón.

Pequeña Caperucita, pedazo de puta lista, con esa precisión animal de 60/40
A media milla divisas la garra en la ventana, que te hace señas,

Y ese picaporte que no es picaporte. Zarpas de la Abuelita,
Despertaron tu apetito.

Seddesangre, hambredepiel, tufo seductor de tierrapelocarne —
¿De quién es la panza que aúlla?

No vamos a entrar,
O sí


 -- “Little Red’s Ride” es un poema de Kate Durbin, incluído en The Ravenous Audience (Black Goat/Akashik Books)

-- traducción de Tive Martínez, 2016 

sábado, 23 de abril de 2016

LA INTIMIDAD, de Roberto Videla (reseña)


-- una reseña de Tive Martínez, 2016



Leo de un tirón "La intimidad" (Mansalva, 2015) tras haber leído, de igual manera, "Perla" (Llanto de Mudo, 2014), unidas ambas por la identidad de su autor, el profesor y actor Roberto Videla, por el contenido autobiográfico Perla es el nombre de su madre, protagonista del relato de un regreso imposible al hogar infantil y por una misma sensibilidad que lo convierte en escritor de prosa transparente, sin alardes retóricos, atenta al detalle sensorial.

Habrá quien considere que "La intimidad", con su descripción pormenorizada de sucesivos encuentros y desencuentros al amparo de la "permisividad hipócrita" que gobierna en antros homosexuales al margen de la sociedad, es muy distinta de la anterior novela en la que se trataba del amor materno-filial. Por el contrario, la mirada y la voz del narrador de "Perla" son las mismas que contemplan y dan cuenta, con la distancia que conlleva el asombro, de cada una de las escenas en las que participa como espectador o como elemento activo en un carnaval de cuerpos desnudos. Idéntica es la sensación de no pertenencia a un mundo cerrado en sí mismo en el que deambula como extraño entre desconocidos.

Roberto Videla detalla minuciosamente la mecánica del deseo y sus acrobacias, sin voluntad de erotizar al lector. Se trata de una pornografía absolutamente explícita que reitera movimientos y planos en una serie de pequeños capítulos, con fecha y lugar de ejecución, hasta culminar en el estupor de todo nirvana. Solo después de la necesaria enumeración de rasgos, anatomías, medidas y fluidos derramados, es en los capítulos finales, de mayor extensión, donde el autor revela el sentido de tan prolijo relato: la liberación de los límites impuestos por el yo social, en un submundo donde no importa quién eres ni qué has sido. En esas tinieblas donde se confunden suciedad y belleza, dolor y felicidad.

Encuentro similitudes con la primera novela de Luís Capucho, "Cinema Orly", que comparte escenarios con "La intimidad". Pero, donde en la escritura de Capucho suena punk y blues descarnado, aquí escuchamos milonga y tango. A diferencia del nihilismo blasfemo del autor brasileño, que escribió su libro en el filo entre la vida y la muerte, el argentino Videla se caracteriza por una ternura masculina llena de compasión por los defectos y fallas del ser humano. Dos maneras complementarias, entre la elegía y la última carta de amor, de arrastrarnos consigo en su descenso al Paraíso, o subida a los Infiernos que vienen a ser lo mismo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

LAS BRILLANTES LUCES DE LA CIUDAD, de Daniel Rabal Davidov

-- una reseña de Tive Martínez, 2016



Tengo la doble sospecha de que la escritura de esta novela parte de un diario personal del estudiante que todavía es su autor, y de que su manuscrito original apenas ha sido editado por nadie más que él. Eso está bien, porque nos hemos acostumbrado demasiado a que los adultos sean quienes seleccionan vivencias o fantasías de su adolescencia para pasarlas por el filtro de la nostalgia, cuando no de la idealización y, definitivamente, de la literatura.

Daniel Rabal Davidov cuenta su experiencia adolescente sin filtros, tal cual en el momento en que sucede, y entiendo que lo que cuenta le ha sucedido de verdad, pues todas los detalles coinciden con lo que él mismo hace público, por ejemplo, en su cuenta de Facebook.

Por otro lado, esta inmediatez afecta a la novela en sí misma, en la que no hay personajes como tales, sino personas que aparecen y desaparecen como en la vida real. Aquí no hay intriga o conflicto que se nos plantee. Simplemente, un año en la vida de un chico de 16 años.

Su voz se caracteriza por un enorme candor junto a una desbordada tendencia a lo sublime. Este es otro de los valores de su escritura, que por otra parte también la lastran en su exceso de Mayúsculas y exclamaciones. Tal y como se muestra, Daniel es un completo neo-romántico, con ansias de Absoluto y Elevación. A ras de suelo, esto se traduce en lo habitual de todo adolescente: sexo, música y política, llevados al extremo de la Pasión, ya sea por propia personalidad o por lecturas desmesuradas de Lord Byron.

Pero Daniel no es ni un Rimbaud ni un Lolito. En realidad, tiene todavía mucho de niño. Su mundo es el de las discotecas sin alcohol, los veranos en la playa, los paseos por una ciudad (Madrid), llena de luz y promesas, que todavía no le ha mostrado sus miserias.

La única droga mencionada es la propia adrenalina. El sexo llega poco más allá del juego de atrevimiento o verdad y el petting. Es así su reconfortante ingenuidad, en la que cada centímetro de piel acariciado (por debajo o por encima de la ropa) es un paso emocionante en la vida. En cuanto a la política, amo su pensamiento limpio de ideología, con todo y sus contradicciones a mí también me desesperan los piji progres, Daniel!

En cualquier caso, este libro es un debut genuinamente inmaduro, al que hay que apreciar tal y como se entrega, sin pedirle más. A mí me ha ofrecido sorpresas muy agradables, como la palpable fisicidad de los encuentros entre muchachos y muchachas libres en estos tiempo de tiranía de lo virtual. Gracias, Daniel, por recordarnos el valor de cada conversación, cada momento compartido con los amigos, cada beso único.


--- "Las brillantes luces de la ciudad", de Daniel Rabal Davidov, ha sido publicada por Amargord Ediciones.

SOLIDARIA

Recuerdo cuando se puso de moda la palabra solidaridad Y nadie la sabía vocalizar  soli-lali-dad   A los políticos se les trababa la lengua...