martes, 3 de mayo de 2016

ROMPEHOGARES, por OCEAN VUONG



y así es como bailamos: vestidos
blancos de mamá hasta los pies, agosto lento

nos teñía las manos de granate. y así es como amamos:
un quinto de vodka y un otoño en el ático, tus dedos

en mi pelo—mi pelo un incendio. Cubiertos
los oídos, la rabieta paterna se tornó

un pálpito. Al tocarse nuestros labios el día se cerró
en su ataúd. En el museo del corazón

hay dos seres sin cabeza alzando un edificio en llamas.
Hubo siempre una escopeta sobre

la chimenea. Siempre otra hora que matar—para después
pedir a algún dios que la devuelva. Si no el ático, el coche. 

Si no el coche, el sueño. Si no el chico, sus ropas. Si no vive,
cuelga el teléfono. Porque el año es la distancia

que recorrimos en círculos. Como decir: así es como
bailamos: a solas, el cuerpo dormido. Como decir:

así es como amamos: un filo en la lengua
volviéndose lengua.

-- "Homewrecker", poema original de Ocean Vuong, incluído en su libro Night Sky With Exit Wounds (Copper Canyon Press, 2016)

-- una traducción de Tive Martínez, 2016

lunes, 2 de mayo de 2016

CONVERSACIONES SOBRE EL HOGAR, por Warsan Shire



(en el Centro de Deportación)


Pues, creo que el hogar me largó de un escupitajo, los apagones y toques de queda como lengua que remueve el diente suelto. Dios, ¿sabéis lo que cuesta hablar del día en que la ciudad de una te arrastra de los cabellos, más allá de la antigua prisión, más allá de las puertas del colegio, más allá de los torsos ardiendo izados en postes como banderas? Cuando encuentro a otros como yo, reconozco la nostalgia, la ausencia, el recuerdo de la ceniza en sus rostros. Nadie abandona el hogar a menos que el hogar sea la boca de un tiburón. Tanto tiempo he estado portando el viejo himno en la boca que no hay espacio para otra canción, otra lengua, otro lenguaje. Sé de la vergüenza que envuelve como sudario, que te sepulta por completo. Rompí el pasaporte y me comí los pedazos en el hotel del aeropuerto. Estoy harta de un lenguaje que no puedo permitirme olvidar.

*

Me preguntan ¿cómo llegaste aquí? ¿No lo veis en mi cuerpo? El desierto de Libia rojo de cuerpos inmigrantes, el Golfo de Adén a rebosar, la ciudad de Roma sin abrigo. Espero que el viaje se resuelva en algo más que kilómetros porque todos mis hijos están en el agua. Creía que el mar era más seguro que la tierra. Quiero hacer el amor, pero mi pelo huele a guerra y a huída, a huída. Quiero acostarme, pero estos países son como parientes que te tocan cuando eres joven y estás dormida. Mirad esas fronteras, son bocas espumeantes de cuerpos rotos y desesperados. Tengo el color del sol a fuego en el rostro, nunca enterraron los restos de mi madre. Pasé días y noches en el estómago del camión; no salí siendo la misma. A veces siento que otra lleva puesto mi cuerpo.

*

Sé pocas cosas que sean verdad. No sé adónde voy, de donde vengo desapareció, no soy bienvenida y mi belleza no es belleza aquí. Mi cuerpo arde con la vergüenza de estar fuera de lugar, mi cuerpo es puro anhelo. Soy el pecado de la memoria y la ausencia de memoria. Veo las noticias y mi boca se vuelve un lavadero lleno de sangre. Las colas, los formularios, la gente en los mostradores, las solicitudes, el funcionario de inmigración, las miradas en la calle, el frío instalándose en lo profundo de mis huesos, las clases nocturnas de inglés, lo lejos que estoy de casa. Pero bendito sea Alá todo es mejor que el olor de una mujer cubierta de llamas, o un cargamento de hombres que se parecen a mi padre, arrancándome dientes y uñas, que catorce hombres entre mis piernas, o una pistola, o una promesa, o una mentira, o su nombre, o su hombría en mi boca.

*

Los oigo decir vete a casa, los oigo decir putos inmigrantes, putos refugiados. ¿De verdad son tan arrogantes? ¿No saben que la estabilidad es como el amante que demora un segundo en tu cuerpo; al siguiente eres un temblor tirada en el suelo cubierta de escombros y monedas sin valor esperando su regreso. Solo puedo decir que una vez fui como vosotros, la apatía, la pena, el internamiento con despego, y ahora mi hogar es la boca de un tiburón, ahora mi hogar es el cañón de una pistola. Os veo en el otro lado.



-- un poema de Warsan Shire ("Teaching My Mother How To Give Birth", Mouthmark Series, 2011), fotografía de Amaal Said

-- traducción de Tive Martínez, 2016

sábado, 23 de abril de 2016

LA INTIMIDAD, de Roberto Videla (reseña)


-- una reseña de Tive Martínez, 2016



Leo de un tirón "La intimidad" (Mansalva, 2015) tras haber leído, de igual manera, "Perla" (Llanto de Mudo, 2014), unidas ambas por la identidad de su autor, el profesor y actor Roberto Videla, por el contenido autobiográfico Perla es el nombre de su madre, protagonista del relato de un regreso imposible al hogar infantil y por una misma sensibilidad que lo convierte en escritor de prosa transparente, sin alardes retóricos, atenta al detalle sensorial.

Habrá quien considere que "La intimidad", con su descripción pormenorizada de sucesivos encuentros y desencuentros al amparo de la "permisividad hipócrita" que gobierna en antros homosexuales al margen de la sociedad, es muy distinta de la anterior novela en la que se trataba del amor materno-filial. Por el contrario, la mirada y la voz del narrador de "Perla" son las mismas que contemplan y dan cuenta, con la distancia que conlleva el asombro, de cada una de las escenas en las que participa como espectador o como elemento activo en un carnaval de cuerpos desnudos. Idéntica es la sensación de no pertenencia a un mundo cerrado en sí mismo en el que deambula como extraño entre desconocidos.

Roberto Videla detalla minuciosamente la mecánica del deseo y sus acrobacias, sin voluntad de erotizar al lector. Se trata de una pornografía absolutamente explícita que reitera movimientos y planos en una serie de pequeños capítulos, con fecha y lugar de ejecución, hasta culminar en el estupor de todo nirvana. Solo después de la necesaria enumeración de rasgos, anatomías, medidas y fluidos derramados, es en los capítulos finales, de mayor extensión, donde el autor revela el sentido de tan prolijo relato: la liberación de los límites impuestos por el yo social, en un submundo donde no importa quién eres ni qué has sido. En esas tinieblas donde se confunden suciedad y belleza, dolor y felicidad.

Encuentro similitudes con la primera novela de Luís Capucho, "Cinema Orly", que comparte escenarios con "La intimidad". Pero, donde en la escritura de Capucho suena punk y blues descarnado, aquí escuchamos milonga y tango. A diferencia del nihilismo blasfemo del autor brasileño, que escribió su libro en el filo entre la vida y la muerte, el argentino Videla se caracteriza por una ternura masculina llena de compasión por los defectos y fallas del ser humano. Dos maneras complementarias, entre la elegía y la última carta de amor, de arrastrarnos consigo en su descenso al Paraíso, o subida a los Infiernos que vienen a ser lo mismo.

domingo, 17 de abril de 2016

Alborada con ciudad en llamas, por Ocean Vuong



Vietnam Sur, 29 de abril de 1975: la Radio de las Fuerzas Armadas transmite "Blanca Navidad" de Irving Berlin como código para dar comienzo a la Operación Viento Constante, la evacuación definitiva de civiles norteamericanos y refugiados vietnamitas en helicóptero durante la caída de Saigón.




            Pétalos de magnolia en la calle

                                                     como retales de un vestido de niña.



  Que tus días sean dichosos y llenos de luz ...



  El hombre llena una taza de té con champán, y la ofrece a sus labios.

            Abre, le dice.

                                        Ella abre.

                                                      Afuera, un soldado escupe

            el cigarrillo mientras sus pasos

                            llenan la plaza como piedras caídas del cielo. Que todas

                                         tus Navidades sean blancas mientras el guardia de tráfico

            desabrocha su pistolera.



                                        La mano del hombre recorre el dobladillo

  de su vestido blanco.

                            Ojos negros.

            Cabellos negros.

                            Una sola vela.

                                        Sus sombras: dos mechas.



  Un camión militar acelera en la intersección, sonido de niños que gritan

                                        en el interior. Una bicicleta atraviesa

            el escaparate de una tienda. Cuando el polvo escampa, un perro negro

                            yace en la via, jadeando. Sus patas traseras

                                                                                   aplastadas bajo el resplandor

                                                       de una blanca Navidad.



  En la mesita de noche, un ramito de magnolias exhala el aroma de un secreto escuchado

                                                                      por primera vez.



  Los árboles relumbran y los niños escuchan, el jefe de la policía

                                boca abajo en un charco de Coca-Cola.

                                             Una pequeña fotografía de su padre se empapa

                junto a su oreja izquierda.



  La canción atraviesa la ciudad como una viuda.

                Una blanca...    Una blanca ...    Sueño con una cortina de nieve



                                                          que cae de sus hombros.



  Nieve repiqueteando en la ventana. Nieve triturada



                                           con fuego de armas. Cielo rojo.

                              Nieve en los tanques que rebasan los muros de la ciudad.

  Un helicóptero lleva a los supervivientes fuera de su alcance.



            La ciudad tan blanca está lista para entintar.



                                                     La radio dice corred corred corred.

  Pétalos de magnolia sobre un perro negro

                            como retales de un vestido de niña.



  Que tus días sean dichosos y llenos de luz. La mujer dice algo

            que ninguno de los dos puede oir. El hotel tiembla

                        bajo sus pies. La cama un campo de hielo

                                                                                            frágil.



  No te preocupes, dice el hombre, mientras la primera bomba ilumina

                             sus rostros, mis hermanos han ganado la guerra

                                                                       y mañana ...    

                                             Las luces se apagan.



  Sueño. Sueño...    

                                  con escuchar campanillas en la nieve ...    



  Abajo en la plaza: una monja, ardiendo,

                                            corre en silencio hacia su dios — 



                           Abre, dice él.

                                                         Ella abre.


  -- un poema de Ocean Vuong
  -- traducción de Tive Martínez, 2016
  Ocean Vuong es un poeta nacido en Saigón y  residente en Nueva York.