sábado, 14 de mayo de 2016

TRES CICATRICES



Una.



Sí, sí: ¡opera tu fimosis!—cantaban los Siniestro

Total, y yo me hacía el punki en el Instituto

sabiendo que la letra iba por mí—¡Por favor,

decídete ya! —No, si yo lo tenía claro. Era

un adolescente informado, y se lo expliqué muy

bien a Marian, con ilustraciones y todo,

cómo era un prepucio, cuando ya no lo tenía.

Siempre conseguí librarme por los pelos

de las revisiones—total, para el uso que le daba

no era mayor impedimento—pero en la última

no hubo escapatoria, y el médico mandó operar.



Algo pasó con la anestesia, que llegué a sentirme

como el conejo que mi tía degollaba para la paella

con el cuchillito de mango de plástico—sabes que

no te dolerá... ¡opera tu fimosis!—Como consuelo

pasamos por Alcampo y me compré en LP "Easter",

de Patti Smith—por casualidad volviendo en el coche

de mi hermana estaba Marian en su calle y le enseñé

el disco por la ventanilla, emocionado. Entonces

no tenía tocadiscos, así que solo podía mirar la

portada, esperando en la cama mientras se cerraban

los puntos. Yo adoraba a Patti, solo Jim Morrison era

para mí tan sexy: sus sobacos en la fotografía, la sombra

de sus pezones en aquel top de algodón raído, fueron

suficientes para lograr mi erección—placer y dolor

fundidos en un mismo acto. Joder macho, me dijo

con sorna el enfermero de urgencias: el que te lo ha

hecho te ha hecho una buena faena.


Dos.


Estábamos jugando y uno de nosotros encontró

una botella de cerveza vacía, tirada por ahí.

En seguida supimos de quién sería: solo Panera

podía arrojar una botella por donde juegan los niños.

El hallazgo nos puso la piel de gallina—entonces

Panera todavía daba miedo, se contaba que te

cortaba la pija si te lo encontrabas de noche, o

a solas en algún callejón sin salida—que te mandaran

a comprar leche en invierno era la cosa más

terrorífica: Panera podía aparecer por cualquier

esquina con su cara de Jack Nicholson en "El

Resplandor"—algo le pasó que no sabemos para

que luego llegara a ser el loco inofensivo que, cojo,

huía de las pedradas de los niños como un perro.



Vamos a ponerle un petardo, sugirió alguno

para hacer estallar la botella, que acabó en manos

de Paquito—Paquito siempre me tuvo manía,

por alguna razón decía que yo era mariquita.

Mirar, ¡soy Panera!, dijo Paquito, y se me tiró

encima con el casco roto de la botella como en las

peleas de spaguetti-western de Bud Spencer,

y me dio un tajo en el antebrazo. No tengo recuerdo

del dolor ni de que saliera mucha sangre, solo la

imagen de un corte limpio y de algo blanco a la vista,

como si se me viera el hueso. Llegué a casa,

mi madre estaba arriba tendiendo, no me puso

mercromina ni nada. Yo me puse el brazo en el

grifo, y el chorro me entraba por la raja hasta el

hueso, la dejé al aire, la carne me creció sola

hasta cerrarse. La marca me quedó de recuerdo

de la pelea para toda la vida.



Y tres.



De pequeño nunca bebí Coca-Cola—en casa se tomaba

zarzaparrilla: más buena y más barata. Mi padre

nos la traía los días especiales, pero no todos

—imagino que dependía de su humor y del dinero que

llevara en el bolsillo. Se compraba a granel o la servían

en unas botellas de cristal reutilizables con un escudo

en relieve del fabricante. Ese domingo, el papá accedió

y nos fuimos todos contentos en el cuatro-latas—que

tenía un boquete donde ponías los pies, por el que se

veía la carretera y entraba el agua de los socavones.



Entramos en la taberna El Gato Negro y pedimos una

botella de zarza y unas cebollas en vinagre. En el asiento

del coche me puse la botella—muy fría, con algo de

escarcha, que iba chorreando al calentarse—entre las

piernas. Dolía el interior de los muslos si la tenías allí

mucho rato. Cógela bien y no la abras aún, que se

desbrava—el cierre de la botella era uno de esos a

presión con mecanismo de alambre y pieza esmaltada

con arandela de goma para retener el gas. Hacía mucho

calor dentro del coche, el sudor de la botella me estaba

mojando la entrepierna. Mi padre aparcó delante de

casa, abrí la puerta para salir, y con la emoción la botella

me resbaló de las manos húmedas, con tan mala gracia que

cayó al suelo y estalló como una bomba de espuma.

Un hilillo de sangre corrió pantorrilla abajo, donde fue a

clavarse un trozo de vidrio de la botella, cuyo contenido

era absorbido por el cemento con avidez.

--un poema de Tive Martínez, 2016