lunes, 25 de mayo de 2015

VIDA DE PROVINCIAS, de María Yuste

-- una reseña de José María Martínez



En idénticas condiciones biogeográficas, hay quien escoge el realismo sucio y se complace en detallar la degradación del género humano en verso y prosa. Y hay quien, como María Yuste (España, 1988), nace y crece en el suburbio, con vistas a descampados llenos de chabolas y barro, pero sencillamente es buena persona y su mirada se empapa de lágrimas ante el panorama desolador.


La vida en las provincias, en el puro desierto de sol y cemento, entre vecinos a los que has visto en bragas por la ventana toda la vida y que siguen siendo auténticos desconocidos, puede crear monstruos o puede revelar lo mejor de nosotros. María tiene una inteligencia sensible que le permite ver con cercana distancia todas las vergüenzas posibles del culo del mundo. La maravilla es cómo, de un lugar tan feo, puede surgir una escritura tan compasiva. 


Son emocionantes sus retratos de mendigos, de tontos y locos, de jóvenes sobre los que merodea el espectro de la droga y el subdesarrollo, junto a las fotografías del álbum familiar, de una familia cuyas peculiaridades y miserias apreciamos, porque ella nos las muestra con el justo pudor necesario para conmover y no hacer carnaza. Desde una infancia y adolescencia donde la máxima elección era ser de Camela o de Chayanne, el mayor atrevimiento ir al Cash Converters, María Yuste emerge pura y nos regenera a los que también pudimos vencer al mortal aburrimiento y escapamos del lugar maldito.

-- "Vida de Provincias", María Yuste (Honolulu Books, 2014)